
Un té en san antonio no sabe igual que un té en valparaíso. Tu nombre acá no suena igual que allá. Debe ser por la distancia, por los kilómetros que nos separan y por mi maldita cambiante personalidad. A tu lado sale lo mejor de mi. Logras poner a mis vicios a tu disposición. Los colocas en tus manos y los tiras por la papelera de reciclaje. Ya no me gustan los viernes en la mañana porque me voy del lugar que no me quiero ir, porque tengo que levantarme algo temprano y hacer la maleta para ver los rostros que dejé el domingo. Me gusta llegar y sentirme más cerca de los que están lejos. Pero después no me quiero ir, y tengo que partir igual porque las clases no las puedo dejar. Llego y me relajo y ya no me quiero ir. Las carreteras me hacen pensar. Los árboles imaginan junto a mi un bosque cubierto por la neblina de mis fríos días. Los ríos pierden el agua y me piden las lagrimas reprimidas en mi garganta. Creamos, imaginamos, soñamos durante una hora y media, y luego revivo según las circunstancias. No me gusta llegar a ningún lado pero después no me quiero ir de donde estoy.
Resuenas.
Resuenas.
Resuenas.








